LA INDOMABLE
LA INDOMABLE Dejarla caer, que pudiera recorrer con su culo jugoso toda la longitud de mi polla y fue entonces que ella comenzó a gritar de placer
Ella es una mujer de carácter endemoniado y yo la escucho gritar el día entero por cualquier motivo. A veces también canta alguna canción de moda, pero aún así parece hacerlo con rabia, con rencor contra alguien. Es una mujer joven de bonita figura que se viste muy a la moda casi provocativa y ella lo sabe. Tiene un culo prodigiosamente conservado, de esos culos redondos y parados de tamaño perfecto y excitante, calentador, que ella casi no mueve, pero no es necesario El culo esta ahí y a mí me vuelve loco. Tiene los pechos pequeños pero parados. Pero todos esos atractivos parecen protegidos a cualquier ataque por ese carácter endemoniado ausente del menor rasgo de simpatía.
Me calentaba mirarla, me calentaba mucho, pero también con rabia. Yo le tenía rabia, me habría gustado comérmela para domarla, para hacerle sentir que ese carácter de yegua salvaje podía ser atenuado por la acción de un macho que no hiciese preguntas. Yo quería ser ese macho, pero no sabia como acercarme a ella.
Esto no era una obsesión, mas bien un desafío, porque yo había hablado un par de veces con ella. La miraba con intensidad y la recorría descaradamente modelando su culo con mi mirada, recorriendo el perfil de sus muslos y adivinando sus intimidades.
En las tardes ella estaba siempre sola en su casa y era en esas horas calientes en que yo me la imaginaba en situaciones eróticas descabelladas, pensamientos nacidos de mi mente recalentada por el deseo despertado en mi por esta mujer contradictoriamente atractiva.
A veces la veía pasar frente a alguna de las ventanas de su casa, pero su figura era solo una sombra atenuada por las cortinas y la imaginaba caminando desnuda, excitada por esa soledad, quizás deteniéndose frente a un espejo para comprobar su figura, quizás sentada a horcajadas en una silla del comedor ensayando el vaivén de su culo perfecto, quizás restregando la mata ensortijada de pelos de su sexo contra el filo provocativo de la mesa, quizás extendida en la alfombra para rodar por el suelo sin poder contener su endemoniada calentura, quizás regresando a su cama para abatirse de placer en medio de masturbaciones desesperadas. Entonces yo tomaba el teléfono y discaba su numero sin decir palabra y cuando ella respondía, yo me quedaba en silencio, escuchando su voz impersonal, sin entonación alguna, fría y desmotivada, lo más lejana posible de ese ambiente de calentura en la que yo me la imaginaba. A veces al oír su voz preguntando quien llamaba, yo eyaculaba en corridas gigantescas que imaginaba derramando sobre ese culo perfecto que me tenía más loco cada tarde.
Hasta que llegó el momento en que ya no pude sostener por más tiempo esta calentura que me estaba destruyendo y me vi llamando a su puerta, encendido como una brasa gigante sin saber claramente que le diría.
Ella entreabrió su puerta y me saludó con una sonrisa muy leve de puro compromiso, y yo me oí decir algo en un murmullo, con una mano en el bolsillo derecho de mi pantalón para contener una erección gigantesca que se me había desatado horas antes. Le pregunté si podría hablar un momento con ella y entonces, con cara de recelo y ojos desconfiados terminó de abrir la puerta y me dijo que pasara. No era en absoluto amable o receptiva.
Yo no tenía control sobre mí. Tomé asiento en el sillón que ella me indicaba y cuando me preguntó secamente cual era el motivo de mi visita, como única respuesta, abrí la bragueta de mi pantalón y dejé en libertad mi animal cautivo, que tenso como un palo, quedó ante su vista como elocuente respuesta a su pregunta. Cerré los ojos para esperar la violencia de su repuesta despachándome de su casa, pero no sucedió nada.
Pasaron unos cuantos segundos antes de sentir la tibieza de su mano acariciando mi polla. Creí morirme y cuando la miré ella estaba de rodillas ante mí y acariciaba mi polla con ambas manos. Sus caricias no eran ni suaves ni tiernas. Eran caricias duras, me apretaba casi como con rabia y yo entendí, en ese momento, que ese era el tipo de caricias que correspondían a su carácter. No podía ver su cara, solo su cabello rubio colgaba ocultando de ese modo lo que hacían sus manos. Con mucho cuidado, tomé su cabello, lo levanté y entonces pude ver su rostro.
No era una mujer hermosa. Sus rasgos eran más bien duros pero sus ojos mostraban ahora una pasión desmedida. Ella miraba fijamente sus manos como disfrutando cada movimiento y cada tacto. Me masturbaba con lentitud, pero con fuerza, se había apoderado de mi verga sin ninguna contemplación y sin preguntarme nada. Sus dedos actuaban con seguridad y sabiduría demostrando que era una operación que había realizado muchas veces, sabia donde apretar y que presión ejercer.
Eso lo pude corroborar cuando fue deslizando la piel de mi pene dilatado, para dejar descubierta la cabeza brillante y gruesa sobre cuyo extremo comenzó a deslizar la punta de su lengua ocasionándome unos placeres demoledores. Ahora ella misma se había acomodado el cabello con una cinta verde y de ese modo no le molestó para comenzar a succionarme con una técnica prodigiosa. Esta mujer sabia lo que hacia. Tenía la boca caliente y su lengua era experta. Recorría mi verga a lo largo y a lo ancho. Chupaba, lamía, besaba, respirando ansiosamente como si tuviese miedo de que se le arrancara de su boca y para evitarlo lo aprisionaba con su lengua contra su paladar y yo sentía que le llenaba la boca entera.
Al mismo tiempo aprisionaba mis testículos en sus manos acariciándolos con el mismo ritmo con que mamaba. Mi pene comenzó a latir con sus caricias endiabladas. Yo sabia lo que iba a suceder y ella también lo sabia, porque se aplicaba a mamarlo con una especial dedicación. Cuando sentí que me correría pensé que ella se lo sacaría de la boca, pero no fue así. Una tras otra vinieron mis descargas que ella se tragó con tal maestría que ni una sola gota de semen salió de su boca mientras yo sentía como la leche espesa y caliente azotaba su paladar y fluía a través de su garganta. Cuando acabé completamente, ella se detuvo un momento para tragar las ultimas gotas y luego de estrujar con su lengua mi pene palpitante levantó la vista hacia mi y la vi sonreír.
Me indicó que me pusiera de pie, obedecí, porque total estábamos en su casa. Cuando estuve de pie frente a ella comenzó a desnudarme lentamente deteniéndose en cada botón de mi camisa y de mi pantalón hasta deslizar ambas prendas y luego me desnudó completo. Solo entonces se me ocurrió que yo debería hacer lo mismo con ella y comencé a desnudarla. Realmente tenia los pechos pequeños pero duros firmes y de pezones insolentes. Sus caderas eran algo realmente excitante y su sexo estaba rodeado de una abundante mata de pelos rubios en medio de los cuales su sexo parecía latir semi abierto brillante, por lo transparente de los jugos que emitía lentamente.
Pero lejos, tal como yo lo presumía, lo más maravillosos era su culo. Simplemente no se puede describir un culo hermoso, es algo mortífero. Ella lo sabía y por eso caminaba delante de mi, hacia su cuarto indicándome que la siguiera.
Si mi pene se había decaído apenas un poco después de la corrida en su boca, la visión de su culo infernalmente hermoso lo hizo recuperarse de golpe, de modo que cuando llegamos al borde de su cama ella ya lo tenia de nuevo palpitando en su mano.
En ningún momento lo dejó libre, como si quisiera dejarme en claro que se había apoderado de el. Efectivamente ella se tendió en la cama con los muslos abiertos y estando yo tendido sobre ella, se introdujo mi miembro en la abertura candente de su sexo impulsándolo con su propia mano hacia el interior.
El interior de su sexo estaba saturado de sus jugos ardientes, de modo que no tuve dificultad en penetrarla hasta su mismo fondo en medio de las contracciones de su tubo y el vaivén ondulante de ese culo que yo sostenía con mis manos. Al cabo de un momento las penetraciones profundas que yo le hacia ocasionaba en su concha un sonido promiscuo que al escucharlo nos hacia sentirnos más calientes aún, de modo que no dábamos tregua a ese mete y saca endemoniado.
Ella era profunda y las paredes de su tubo vaginal tenían una musculatura poderosa que al latir rítmicamente parecían cortar mi pene en pedazos. Ella me estaba comiendo así como yo había deseado mil veces comérmela y a pesar que yo estaba sobre ella con mi lanza metida hasta su fondo y la sostenía montada como a la yegua salvaje que era, en realidad sentía que me tenia en su poder aprisionando mi verga por medio de esas verdaderas mordidas de su concha prodigiosa.
Los labios de su vulva se habían dilatado al máximo y recorrían el largo de mi pene empapándolo de jugo que lo hacían aparecer brillante y de una suavidad deliciosa. Así entré y salí durante largo rato sin que ella dijese nada, salvo cuando yo mordía sus pezones duros o separaba sus nalgas para acariciar su culo momentos en emitía unos amorosos quejidos.
Luego ella comenzó a correrse. Eso lo supe por las contracciones poderosas que surgían desde el fondo de su concha, que empujaban a mi verga tiesa hacia fuera y al sacarlo un chorro intenso de sus jugos brotó de su abertura deslizándose por entre la bases de su muslos para derramarse entre sus nalgas y empapar completamente su raja.
Fue entonces que la hice girar dándose vuelta en la cama y levantándola por la cintura la dejé en posición de poder encularla.
Al fin tenia ante mis ojos y ante mis deseos su culo deseado. Ella sabía lo que me iba a brindar y apoyándose en sus rodillas levantó su culo para dármelo y tomando de nuevo mi verga con su mano derecha se recorrió con ella la raja mojada y luego puso la cabeza del pene justo a la entrada del hoyo de su culo.
Yo había llegado a la cúspide de la calentura.
Se la metí sintiendo que ese culo no solo era hermoso a la vista sino que guardaba placeres inauditos. Cuando le tenía la mitad de mi verga metida, me detuve para contemplar a esta mujer indomable hermosamente enculada. Entonces ella comenzó a mover su culo con un movimiento ondulante y circular que me obligó a metersela entera hasta sentir mis bolas separando sus nalgas. En ese momento le fui apretando sus pezones con mis dedos y me tendí de espaldas en la cama enderezándola para dejarla suavemente sentada sobre mi con mi polla inmensa completamente metida en su culo genial.
La reina estaba ahora sentada en su trono traspasada por mi tronco palpitante.
La tomé de los brazos para levantarla y dejarla caer de modo que pudiera recorrer con su culo jugoso toda la longitud de mi polla y fue entonces que ella comenzó a gritar de placer. El escuchar su propios gritos fue lo le desencadenó a ella y en mí el orgasmo brutal que al final nos fue agotando. Las mordidas de su culo sobre mi verga se hicieron casi dolorosas y ella se fue doblando por la violencia de la corrida. A los pocos minutos en medio del derrame de semen que surgía de su interior yo le acariciaba el culo que parecía lucir aún más hermoso y ella se recogía sobre si misma doblando las rodillas y de ese modo yo tenía ante mis ojos el hoyo palpitante que tanto placer nos había proporcionado.
Mi indomable vecina parecía una hermosa yegua descansando recostada en la pradera del deseo en medio de esa tarde calurosa. Su rostro reflejaba ahora una pasión serena y satisfecha sin rastros de agresividad.
Ahora, cuando la escucho gritar con rabia en su jardín, ya se que ese grito no es de agresividad sino que para mi una llamada y para ella un alivio que se reinicia.
Autor: Adán adan1935 (arroba) hotmail.com
Ella es una mujer de carácter endemoniado y yo la escucho gritar el día entero por cualquier motivo. A veces también canta alguna canción de moda, pero aún así parece hacerlo con rabia, con rencor contra alguien. Es una mujer joven de bonita figura que se viste muy a la moda casi provocativa y ella lo sabe. Tiene un culo prodigiosamente conservado, de esos culos redondos y parados de tamaño perfecto y excitante, calentador, que ella casi no mueve, pero no es necesario El culo esta ahí y a mí me vuelve loco. Tiene los pechos pequeños pero parados. Pero todos esos atractivos parecen protegidos a cualquier ataque por ese carácter endemoniado ausente del menor rasgo de simpatía.
Me calentaba mirarla, me calentaba mucho, pero también con rabia. Yo le tenía rabia, me habría gustado comérmela para domarla, para hacerle sentir que ese carácter de yegua salvaje podía ser atenuado por la acción de un macho que no hiciese preguntas. Yo quería ser ese macho, pero no sabia como acercarme a ella.
Esto no era una obsesión, mas bien un desafío, porque yo había hablado un par de veces con ella. La miraba con intensidad y la recorría descaradamente modelando su culo con mi mirada, recorriendo el perfil de sus muslos y adivinando sus intimidades.
En las tardes ella estaba siempre sola en su casa y era en esas horas calientes en que yo me la imaginaba en situaciones eróticas descabelladas, pensamientos nacidos de mi mente recalentada por el deseo despertado en mi por esta mujer contradictoriamente atractiva.
A veces la veía pasar frente a alguna de las ventanas de su casa, pero su figura era solo una sombra atenuada por las cortinas y la imaginaba caminando desnuda, excitada por esa soledad, quizás deteniéndose frente a un espejo para comprobar su figura, quizás sentada a horcajadas en una silla del comedor ensayando el vaivén de su culo perfecto, quizás restregando la mata ensortijada de pelos de su sexo contra el filo provocativo de la mesa, quizás extendida en la alfombra para rodar por el suelo sin poder contener su endemoniada calentura, quizás regresando a su cama para abatirse de placer en medio de masturbaciones desesperadas. Entonces yo tomaba el teléfono y discaba su numero sin decir palabra y cuando ella respondía, yo me quedaba en silencio, escuchando su voz impersonal, sin entonación alguna, fría y desmotivada, lo más lejana posible de ese ambiente de calentura en la que yo me la imaginaba. A veces al oír su voz preguntando quien llamaba, yo eyaculaba en corridas gigantescas que imaginaba derramando sobre ese culo perfecto que me tenía más loco cada tarde.
Hasta que llegó el momento en que ya no pude sostener por más tiempo esta calentura que me estaba destruyendo y me vi llamando a su puerta, encendido como una brasa gigante sin saber claramente que le diría.
Ella entreabrió su puerta y me saludó con una sonrisa muy leve de puro compromiso, y yo me oí decir algo en un murmullo, con una mano en el bolsillo derecho de mi pantalón para contener una erección gigantesca que se me había desatado horas antes. Le pregunté si podría hablar un momento con ella y entonces, con cara de recelo y ojos desconfiados terminó de abrir la puerta y me dijo que pasara. No era en absoluto amable o receptiva.
Yo no tenía control sobre mí. Tomé asiento en el sillón que ella me indicaba y cuando me preguntó secamente cual era el motivo de mi visita, como única respuesta, abrí la bragueta de mi pantalón y dejé en libertad mi animal cautivo, que tenso como un palo, quedó ante su vista como elocuente respuesta a su pregunta. Cerré los ojos para esperar la violencia de su repuesta despachándome de su casa, pero no sucedió nada.
Pasaron unos cuantos segundos antes de sentir la tibieza de su mano acariciando mi polla. Creí morirme y cuando la miré ella estaba de rodillas ante mí y acariciaba mi polla con ambas manos. Sus caricias no eran ni suaves ni tiernas. Eran caricias duras, me apretaba casi como con rabia y yo entendí, en ese momento, que ese era el tipo de caricias que correspondían a su carácter. No podía ver su cara, solo su cabello rubio colgaba ocultando de ese modo lo que hacían sus manos. Con mucho cuidado, tomé su cabello, lo levanté y entonces pude ver su rostro.
No era una mujer hermosa. Sus rasgos eran más bien duros pero sus ojos mostraban ahora una pasión desmedida. Ella miraba fijamente sus manos como disfrutando cada movimiento y cada tacto. Me masturbaba con lentitud, pero con fuerza, se había apoderado de mi verga sin ninguna contemplación y sin preguntarme nada. Sus dedos actuaban con seguridad y sabiduría demostrando que era una operación que había realizado muchas veces, sabia donde apretar y que presión ejercer.
Eso lo pude corroborar cuando fue deslizando la piel de mi pene dilatado, para dejar descubierta la cabeza brillante y gruesa sobre cuyo extremo comenzó a deslizar la punta de su lengua ocasionándome unos placeres demoledores. Ahora ella misma se había acomodado el cabello con una cinta verde y de ese modo no le molestó para comenzar a succionarme con una técnica prodigiosa. Esta mujer sabia lo que hacia. Tenía la boca caliente y su lengua era experta. Recorría mi verga a lo largo y a lo ancho. Chupaba, lamía, besaba, respirando ansiosamente como si tuviese miedo de que se le arrancara de su boca y para evitarlo lo aprisionaba con su lengua contra su paladar y yo sentía que le llenaba la boca entera.
Al mismo tiempo aprisionaba mis testículos en sus manos acariciándolos con el mismo ritmo con que mamaba. Mi pene comenzó a latir con sus caricias endiabladas. Yo sabia lo que iba a suceder y ella también lo sabia, porque se aplicaba a mamarlo con una especial dedicación. Cuando sentí que me correría pensé que ella se lo sacaría de la boca, pero no fue así. Una tras otra vinieron mis descargas que ella se tragó con tal maestría que ni una sola gota de semen salió de su boca mientras yo sentía como la leche espesa y caliente azotaba su paladar y fluía a través de su garganta. Cuando acabé completamente, ella se detuvo un momento para tragar las ultimas gotas y luego de estrujar con su lengua mi pene palpitante levantó la vista hacia mi y la vi sonreír.
Me indicó que me pusiera de pie, obedecí, porque total estábamos en su casa. Cuando estuve de pie frente a ella comenzó a desnudarme lentamente deteniéndose en cada botón de mi camisa y de mi pantalón hasta deslizar ambas prendas y luego me desnudó completo. Solo entonces se me ocurrió que yo debería hacer lo mismo con ella y comencé a desnudarla. Realmente tenia los pechos pequeños pero duros firmes y de pezones insolentes. Sus caderas eran algo realmente excitante y su sexo estaba rodeado de una abundante mata de pelos rubios en medio de los cuales su sexo parecía latir semi abierto brillante, por lo transparente de los jugos que emitía lentamente.
Pero lejos, tal como yo lo presumía, lo más maravillosos era su culo. Simplemente no se puede describir un culo hermoso, es algo mortífero. Ella lo sabía y por eso caminaba delante de mi, hacia su cuarto indicándome que la siguiera.
Si mi pene se había decaído apenas un poco después de la corrida en su boca, la visión de su culo infernalmente hermoso lo hizo recuperarse de golpe, de modo que cuando llegamos al borde de su cama ella ya lo tenia de nuevo palpitando en su mano.
En ningún momento lo dejó libre, como si quisiera dejarme en claro que se había apoderado de el. Efectivamente ella se tendió en la cama con los muslos abiertos y estando yo tendido sobre ella, se introdujo mi miembro en la abertura candente de su sexo impulsándolo con su propia mano hacia el interior.
El interior de su sexo estaba saturado de sus jugos ardientes, de modo que no tuve dificultad en penetrarla hasta su mismo fondo en medio de las contracciones de su tubo y el vaivén ondulante de ese culo que yo sostenía con mis manos. Al cabo de un momento las penetraciones profundas que yo le hacia ocasionaba en su concha un sonido promiscuo que al escucharlo nos hacia sentirnos más calientes aún, de modo que no dábamos tregua a ese mete y saca endemoniado.
Ella era profunda y las paredes de su tubo vaginal tenían una musculatura poderosa que al latir rítmicamente parecían cortar mi pene en pedazos. Ella me estaba comiendo así como yo había deseado mil veces comérmela y a pesar que yo estaba sobre ella con mi lanza metida hasta su fondo y la sostenía montada como a la yegua salvaje que era, en realidad sentía que me tenia en su poder aprisionando mi verga por medio de esas verdaderas mordidas de su concha prodigiosa.
Los labios de su vulva se habían dilatado al máximo y recorrían el largo de mi pene empapándolo de jugo que lo hacían aparecer brillante y de una suavidad deliciosa. Así entré y salí durante largo rato sin que ella dijese nada, salvo cuando yo mordía sus pezones duros o separaba sus nalgas para acariciar su culo momentos en emitía unos amorosos quejidos.
Luego ella comenzó a correrse. Eso lo supe por las contracciones poderosas que surgían desde el fondo de su concha, que empujaban a mi verga tiesa hacia fuera y al sacarlo un chorro intenso de sus jugos brotó de su abertura deslizándose por entre la bases de su muslos para derramarse entre sus nalgas y empapar completamente su raja.
Fue entonces que la hice girar dándose vuelta en la cama y levantándola por la cintura la dejé en posición de poder encularla.
Al fin tenia ante mis ojos y ante mis deseos su culo deseado. Ella sabía lo que me iba a brindar y apoyándose en sus rodillas levantó su culo para dármelo y tomando de nuevo mi verga con su mano derecha se recorrió con ella la raja mojada y luego puso la cabeza del pene justo a la entrada del hoyo de su culo.
Yo había llegado a la cúspide de la calentura.
Se la metí sintiendo que ese culo no solo era hermoso a la vista sino que guardaba placeres inauditos. Cuando le tenía la mitad de mi verga metida, me detuve para contemplar a esta mujer indomable hermosamente enculada. Entonces ella comenzó a mover su culo con un movimiento ondulante y circular que me obligó a metersela entera hasta sentir mis bolas separando sus nalgas. En ese momento le fui apretando sus pezones con mis dedos y me tendí de espaldas en la cama enderezándola para dejarla suavemente sentada sobre mi con mi polla inmensa completamente metida en su culo genial.
La reina estaba ahora sentada en su trono traspasada por mi tronco palpitante.
La tomé de los brazos para levantarla y dejarla caer de modo que pudiera recorrer con su culo jugoso toda la longitud de mi polla y fue entonces que ella comenzó a gritar de placer. El escuchar su propios gritos fue lo le desencadenó a ella y en mí el orgasmo brutal que al final nos fue agotando. Las mordidas de su culo sobre mi verga se hicieron casi dolorosas y ella se fue doblando por la violencia de la corrida. A los pocos minutos en medio del derrame de semen que surgía de su interior yo le acariciaba el culo que parecía lucir aún más hermoso y ella se recogía sobre si misma doblando las rodillas y de ese modo yo tenía ante mis ojos el hoyo palpitante que tanto placer nos había proporcionado.
Mi indomable vecina parecía una hermosa yegua descansando recostada en la pradera del deseo en medio de esa tarde calurosa. Su rostro reflejaba ahora una pasión serena y satisfecha sin rastros de agresividad.
Ahora, cuando la escucho gritar con rabia en su jardín, ya se que ese grito no es de agresividad sino que para mi una llamada y para ella un alivio que se reinicia.
Autor: Adán adan1935 (arroba) hotmail.com

